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torsdag 28 februari 2013

Gracias de su santidad

Nosotros también te agradecemos tu entrega, tu generosidad, tu vida donada al servicio de la Iglesia y por obediencia y amor al Gran Pastor de los ovejas, el que  te ha llamado. Tu espíriru de oración que sabe discernir los signos de los tiempos, haciéndote capaz de tomar decisiones que sólo se entienden desde la fe y a los pies del crucificado, y por supuesto, en la concienca plena de que Cristo está con su Iglesia como El lo ha prometido, todos los días hasta el fin del mundo. GRACIAS SANTO PADRE. 


Queridos hermanos y hermanas:
Muchas gracias por haber venido a esta última audiencia general de mi pontificado. Asimismo, doy gracias a Dios por sus dones, y también a tantas personas que, con generosidad y amor a la Iglesia, me han ayudado en estos años con espíritu de fe y humildad. Agradezco a todos el respeto y la comprensión con la que han acogido esta decisión importante, que he tomado con plena libertad.
Desde que asumí el ministerio petrino en el nombre del Señor he servido a su Iglesia con la certeza de que es Él quien me ha guiado. Sé también que la barca de la Iglesia es suya, y que Él la conduce por medio de hombres. Mi corazón está colmado de gratitud porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz. En este Año de la fe invito a todos a renovar la firme confianza en Dios, con la seguridad de que Él nos sostiene y nos ama, y así todos sientan la alegría de ser cristianos.
* * *
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y de los países latinoamericanos, que hoy han querido acompañarme. Os suplico que os acordéis de mí en vuestra oración y que sigáis pidiendo por los Señores Cardenales, llamados a la delicada tarea de elegir a un nuevo Sucesor en la Cátedra del apóstol Pedro. Imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia. Muchas gracias. Que Dios os bendiga. (Benedicto XVI) 

onsdag 17 oktober 2012

Carta sobre el Año del a fe




OBISPO ANDERS ARBORELIOS

Sobre el Año de la fe


REGALO DE DIOS Y TAREA NUESTRA 

Cada año es un “año de la fe”. Como cristianos, vivimos en todas partes y siempre de la  fe y en la fe. Cuando el Papa Benedicto XVI proclamó este año de fe a través de su carta “La Puerta de la Fe” fue para recordar y reforzar a todo el pueblo santo de Dios en su fe. Todos necesitamos  ser más conscientes  sobre qué  increíble es el regalo de la fe en el Dios uno y trino y qué grande tarea tenemos para vivir de tal regalo, de modo que podamos compartirla  a las personas de nuestro alrededor.  Debemos alimentar la necesidad y el anhelo de la fe. . Todos debemos de participar  de la mediación de la fe en la Iglesia, y dar  testimonio de esta  a quienes nos encontramos.
El ambiente en que vivimos y el aire que respiramos ya no está  marcado ni  por la fe cristiana ni por ninguna otra fe.  Vivimos en un tiempo y un entorno en el que la fe ha disminuido. El Papa habla de una dictadura del relativismo que hace difícil el creer incluso para muchos cristianos. En Occidente, muchos terminaron en una especie de crisis colectiva de la fe, pero como cada crisis también esta puede conducir a algo nuevo y más profundo: a una renovación y profundización de la fe. Esto es  una de las tareas más importantes de la Iglesia, que compete a  todos los bautizados, para ayudar a las personas en este camino. Necesitamos hacer sentir la  solidaridad y compasión a todos aquellos que pasan en la lucha o en las dificultades de la fe. Justamente esto, puede llegar a ser una posibilidad para ellos que intentan entender lo que la fe cristiana realmente nos quiere dar. La fe es un regalo maravilloso que nos ayuda a buscar a Dios y toda la verdad con sus propios ojos.
El Papa Benedicto XVI ha dicho que " la esencia de la fe es ser amado por Dios". Debemos ayudarnos mutuamente a descubrir esta verdad de la fe y a convertirla en la base y roca de nuestra vida. En toda la enseñanza  y anuncio de fe,  hay que enlazar dicha  fe con la esperanza y el amor. Estas tres,  llamadas virtudes o fuerzas  teologales  constituyen un dinamismo interno,  parte de lo cual hemos recibido en el bautismo y  las cuales  nos unen directamente con Dios. Él nos ama, cree en nosotros y espera en nosotros y nosotros tratamos de responder y recibir esto.  La palabra teologal significa que hay algo que emana de Dios, toma posesión de nosotros y nos guía a El.  Fe, esperanza y amor es la fuerza impulsora de nuestra relación con Dios. Es nuestro instrumento para orar a él y vivir en constante Unión con él.

La fe es por lo tanto un regalo, una fuerza que nos conecta con Dios. Esta actitud de fe lleva siempre al contenido de la fe. La fe nos da el verdadero conocimiento de Dios: quien es El  y lo que hace. El Credo nos da una visión clara, que obliga y lleva cada vez más a una comprensión de Dios y su plan de salvación. Necesitamos una fe meditada para  penetrar más profundamente en ella y asimilarla más y más. Siempre hay algo más y más grande por descubrir en el mundo de Dios. Este tesoro de la fe, por el que la Iglesia vigila, en el que podemos vertírnos libremente y alegrarnos.

La fe es siempre la fe de la Iglesia, donde cada uno se acoge y crece. A través de la fe de la Iglesia que compartimos en fraternidad y sororidad crece la humanidad de diferentes pueblos y razas,  diferentes grupos sociales y opiniones se fusionan entre si. Por medio del intercambio de experiencias y charlas de la fe nos fortalecemos mutuamente. Nos mueve el mismo fervor de ir por el camino de Jesús y tras su seguimiento hacía la santidad. Por medio de la proclamación y la manifestación de la fe, también podemos expresar  cuánto este Dios que sufrió, se hizo hombre en Jesús, muerto y resucitado por nosotros, nos ama. A la luz de  la  fe tenemos otra manera de vivir y mirar la realidad desde una actitud totalmente diferente. La vida no es fácil, pero por la fe llega a ser más profunda y más intensa.
Hay mucho, por lo tanto, para reflexionar  durante el año de la fe,  que empieza el 11 de octubre. En todos los niveles en la Iglesia,  podemos ser enriquecidos por este año. Al mismo tiempo,  podemos  ser también motivados  a ser testigos de la fe en el ambiente social de Suecia, que  empieza a ser más abierto  y receptivo a la fe.  De hecho, la secularización   ha ido muy lejos, pero está empezando a cansarse de tan poco, y hay pequeñas grietas y huecos, donde  la alegría y la sabiduría de la fe pueden filtrarse. Esta oportunidad no debe perderse. 

tisdag 16 oktober 2012

Mensaje de Benedicto XVI para el DOMUND 2012


MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA JORNADA MISIONERA MUNDIAL 2012

“Llamados a hacer resplandecer la Palabra de verdad” 
(Carta apostólica 
Porta fidei, n. 6)

Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Jornada Misionera Mundial de este año adquiere un significado especial. La celebración del 50 aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II, la apertura del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, contribuyen a reafirmar la voluntad de la Iglesia de comprometerse con más valor y celo en la misión ad gentes, para que el Evangelio llegue hasta los confines de la tierra.
El Concilio Ecuménico Vaticano II, con la participación de tantos obispos de todos los rincones de la tierra, fue un signo brillante de la universalidad de la Iglesia, reuniendo por primera vez a tantos Padres Conciliares procedentes de Asia, África, Latinoamérica y Oceanía. Obispos misioneros y obispos autóctonos, pastores de comunidades dispersas entre poblaciones no cristianas, que han llevado a las sesiones del Concilio la imagen de una Iglesia presente en todos los continentes, y que eran intérpretes de las complejas realidades del entonces llamado “Tercer Mundo”. Ricos de una experiencia que tenían por ser pastores de Iglesias jóvenes y en vías de formación, animados por la pasión de la difusión del Reino de Dios, ellos contribuyeron significativamente a reafirmar la necesidad y la urgencia de la evangelización ad gentes, y de esta manera llevar al centro de la eclesiología la naturaleza misionera de la Iglesia.
Eclesiología misionera
Hoy esta visión no ha disminuido, sino que por el contrario, ha experimentado una fructífera reflexión teológica y pastoral, a la vez que vuelve con renovada urgencia, ya que ha aumentado enormemente el número de aquellos que aún no conocen a Cristo: “Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso”, comentó el beato Juan Pablo II en su encíclicaRedemptoris missio sobre la validez del mandato misionero, y agregaba: “No podemos permanecer tranquilos, pensando en los millones de hermanos y hermanas, redimidos también por la Sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios” (n. 86). En la proclamación del Año de la Fe, también yo he dicho que Cristo “hoy como ayer, nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra” (Carta apostólica Porta fidei, 7); una proclamación que, como afirmó también el Siervo de Dios Pablo VI en su Exhortación apostólicaEvangelii nuntiandi, “no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado” (n. 5). Necesitamos por tanto retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio.
Así, no sorprende que el Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior de la Iglesia insistan de modo especial en el mandamiento misionero que Cristo ha confiado a sus discípulos y que debe ser un compromiso de todo el Pueblo de Dios, Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos. El encargo de anunciar el Evangelio en todas las partes de la tierra pertenece principalmente a los Obispos, primeros responsables de la evangelización del mundo, ya sea como miembros del colegio episcopal, o como pastores de las iglesias particulares. Ellos, efectivamente, “han sido consagrados no sólo para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo” (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, 63), “mensajeros de la fe, que llevan nuevos discípulos a Cristo” (Ad gentes, 20) y hacen “visible el espíritu y el celo misionero del Pueblo de Dios, para que toda la diócesis se haga misionera” (ibíd., 38).
La prioridad de evangelizar
Para un Pastor, pues, el mandato de predicar el Evangelio no se agota en la atención por la parte del Pueblo de Dios que se le ha confiado a su cuidado pastoral, o en el envío de algún sacerdote, laico o laica Fidei donum. Debe implicar todas las actividades de la iglesia local, todos sus sectores y, en resumidas cuentas, todo su ser y su trabajo. El Concilio Vaticano II lo ha indicado con claridad y el Magisterio posterior lo ha reiterado con vigor. Esto implica adecuar constantemente estilos de vida, planes pastorales y organizaciones diocesanas a esta dimensión fundamental de ser Iglesia, especialmente en nuestro mundo que cambia de continuo. Y esto vale también tanto para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólicas, como para los Movimientos eclesiales: todos los componentes del gran mosaico de la Iglesia deben sentirse fuertemente interpelados por el mandamiento del Señor de predicar el Evangelio, de modo que Cristo sea anunciado por todas partes. Nosotros los Pastores, los religiosos, las religiosas y todos los fieles en Cristo, debemos seguir las huellas del apóstol Pablo, quien, “prisionero de Cristo para los gentiles” (Ef 3,1), ha trabajado, sufrido y luchado para llevar el Evangelio entre los paganos (Col 1,24-29), sin ahorrar energías, tiempo y medios para dar a conocer el Mensaje de Cristo.
También hoy, la misión ad gentes debe ser el horizonte constante y el paradigma en todas las actividades eclesiales, porque la misma identidad de la Iglesia está constituida por la fe en el misterio de Dios, que se ha revelado en Cristo para traernos la salvación, y por la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que Él vuelva. Como Pablo, debemos dirigirnos hacia los que están lejos, aquellos que no conocen todavía a Cristo y no han experimentado aún la paternidad de Dios, con la conciencia de que “la cooperación misionera se debe ampliar hoy con nuevas formas para incluir no sólo la ayuda económica, sino también la participación directa en la evangelización” (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, 82). La celebración del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización serán ocasiones propicias para un nuevo impulso de la cooperación misionera, sobre todo en esta segunda dimensión.
La fe y el anuncio
El afán de predicar a Cristo nos lleva a leer la historia para escudriñar los problemas, las aspiraciones y las esperanzas de la humanidad, que Cristo debe curar, purificar y llenar de su presencia. En efecto, su mensaje es siempre actual, se introduce en el corazón de la historia y es capaz de dar una respuesta a las inquietudes más profundas de cada ser humano. Por eso la Iglesia debe ser consciente, en todas sus partes, de que “el inmenso horizonte de la misión de la Iglesia, la complejidad de la situación actual, requieren hoy nuevas formas para poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios” (Benedicto XVI, Exhort. apostólica postsinodal Verbum Domini, 97). Esto exige, ante todo, una renovada adhesión de fe personal y comunitaria en el Evangelio de Jesucristo, “en un momento de cambio profundo como el que la humanidad está viviendo” (Carta apostólicaPorta fidei, 8).
En efecto, uno de los obstáculos para el impulso de la evangelización es la crisis de fe, no sólo en el mundo occidental, sino en la mayoría de la humanidad que, no obstante, tiene hambre y sed de Dios y debe ser invitada y conducida al pan de vida y al agua viva, como la samaritana que llega al pozo de Jacob y conversa con Cristo. Como relata el evangelista Juan, la historia de esta mujer es particularmente significativa (cf. Jn 4,1-30): encuentra a Jesús que le pide de beber, luego le habla de una agua nueva, capaz de saciar la sed para siempre. La mujer al principio no entiende, se queda en el nivel material, pero el Señor la guía lentamente a emprender un camino de fe que la lleva a reconocerlo como el Mesías. A este respecto, dice san Agustín: “después de haber acogido en el corazón a Cristo Señor, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer [esta mujer] si no dejar el cántaro y correr a anunciar la buena noticia?” (In Ioannis Ev., 15,30). El encuentro con Cristo como Persona viva, que colma la sed del corazón, no puede dejar de llevar al deseo de compartir con otros el gozo de esta presencia y de hacerla conocer, para que todos la puedan experimentar. Es necesario renovar el entusiasmo de comunicar la fe para promover una nueva evangelización de las comunidades y de los países de antigua tradición cristiana, que están perdiendo la referencia de Dios, de forma que se pueda redescubrir la alegría de creer. La preocupación de evangelizar nunca debe quedar al margen de la actividad eclesial y de la vida personal del cristiano, sino que ha de caracterizarla de manera destacada, consciente de ser destinatario y, al mismo tiempo, misionero del Evangelio. El punto central del anuncio sigue siendo el mismo: el Kerigma de Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo, el Kerigma del amor de Dios, absoluto y total para cada hombre y para cada mujer, que culmina en el envío del Hijo eterno y unigénito, el Señor Jesús, quien no rehusó compartir la pobreza de nuestra naturaleza humana, amándola y rescatándola del pecado y de la muerte mediante el ofrecimiento de sí mismo en la cruz.
En este designio de amor realizado en Cristo, la fe en Dios es ante todo un don y un misterio que hemos de acoger en el corazón y en la vida, y del cuál debemos estar siempre agradecidos al Señor. Pero la fe es un don que se nos dado para ser compartido; es un talento recibido para que dé fruto; es una luz que no debe quedar escondida, sino iluminar toda la casa. Es el don más importante que se nos ha dado en nuestra existencia y que no podemos guardarnos para nosotros mismos.
El anuncio se transforma en caridad
¡Ay de mí si no evangelizase!, dice el apóstol Pablo (1 Co 9,16). Estas palabras resuenan con fuerza para cada cristiano y para cada comunidad cristiana en todos los continentes. También en las Iglesias en los territorios de misión, iglesias en su mayoría jóvenes, frecuentemente de reciente creación, el carácter misionero se ha hecho una dimensión connatural, incluso cuando ellas mismas aún necesitan misioneros. Muchos sacerdotes, religiosos y religiosas de todas partes del mundo, numerosos laicos y hasta familias enteras dejan sus países, sus comunidades locales y se van a otras iglesias para testimoniar y anunciar el Nombre de Cristo, en el cual la humanidad encuentra la salvación. Se trata de una expresión de profunda comunión, de un compartir y de una caridad entre las Iglesias, para que cada hombre pueda escuchar o volver a escuchar el anuncio que cura y, así, acercarse a los Sacramentos, fuente de la verdadera vida.
Junto a este grande signo de fe que se transforma en caridad, recuerdo y agradezco a las Obras Misionales Pontificias, instrumento de cooperación en la misión universal de la Iglesia en el mundo. Por medio de sus actividades, el anuncio del Evangelio se convierte en una intervención de ayuda al prójimo, de justicia para los más pobres, de posibilidad de instrucción en los pueblos más recónditos, de asistencia médica en lugares remotos, de superación de la miseria, de rehabilitación de los marginados, de apoyo al desarrollo de los pueblos, de superación de las divisiones étnicas, de respeto por la vida en cada una de sus etapas.
Queridos hermanos y hermanas, invoco la efusión del Espíritu Santo sobre la obra de la evangelización ad gentes, y en particular sobre quienes trabajan en ella, para que la gracia de Dios la haga caminar más decididamente en la historia del mundo. Con el Beato John Henry Newman, quisiera implorar: “Acompaña, oh Señor, a tus misioneros en las tierras por evangelizar; pon las palabras justas en sus labios, haz fructífero su trabajo”. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y Estrella de la Evangelización, acompañe a todos los misioneros del Evangelio.

Vaticano, 6 de enero de 2012, Solemnidad de la Epifanía del Señor